Tengo 34 años, vivo en Punta Arenas y fabrico cada lámpara yo solo — desde el primer corte hasta el embalaje. No hay equipo, no hay fábrica. Hay un taller, mis manos y madera que alguien ya no necesitaba.
En 2021 encontré un tronco tirado y me lo traje a Punta Arenas sin saber bien para qué. Solo sabía que no podía dejarlo ahí.
Con un formón, un taladro y un serrucho empecé a trabajarlo. Miraba lámparas que me gustaban y pensaba: algún día voy a hacer algo así. Ese día llegó antes de lo que esperaba.
La madera viene de casas abandonadas de la región. Me la regalan, la rescato cuando veo una demolición, o alguien me escribe por Instagram avisando dónde hay vigas que van a terminar en la basura.
Esa madera ya vivió décadas — con su historia, su clima, su gente. Yo la convierto en luz.
Desde 2021 fui mejorando los procesos, estudié iluminación y tipos de LED por mi cuenta, y gané proyectos que me permitieron equipar el taller. El estilo se fue definiendo solo — más limpio, más marcado — pero la esencia es la misma que cuando tenía solo un formón y ganas.
Solo yo. Cada proceso pasa por mis manos. A veces es agotador. Siempre vale la pena.
No podría vender algo genérico.
No tendría sentido.